Información

Mi hij@ es diferente

Nosotros vemos que es diferente al resto de l@s niñ@s de su edad y, aunque estamos preocupados porque vemos que no avanza, todo el mundo nos dice que “ya se le pasará, es cuestión de tiempo”

Cuando hablamos de niñ@s “diferentes” nos estamos refiriendo a una gran parte de la población infantil, en concreto, a niñ@s que presentan alguno o algunos de estos síntomas (o similares): se tropiezan o chocan con personas y objetos cuando caminan, no quieren jugar en espacios abiertos o muy ruidosos, rechazan el contacto de sus compañeros pues parece agobiarles, les cuesta llevar el ritmo de la clase, muestran ciertos déficits en habilidades de motricidad fina o gruesa, tienen muy baja autoestima, se les observa dificultades en tareas como vestirse, cortar con un cuchillo, organizar sus cosas, y en ocasiones parece casi imposible enseñarles a hacer algo nuevo, como montar en bici o triciclo, no aciertan a coger una pelota cuando se la lanzan, no comprenden las normas de los juegos, no son conscientes del peligro, o, por el contrario, son muy temerosos, etcétera.

Como podemos observar, muchas de ellas son dificultades que vemos con frecuencia en nuestros menores y que suelen quedarse, simplemente, en una consideración del niñ@ como poco habilidos@, muy pasiv@, hiperactiv@ o escasamente sociable; en definitiva, un sinfín de adjetivos, cargados de negatividad, y que no cumplen más que una mera función enunciativa de todas sus presuntas carencias. Generalmente todos estos síntomas vienen acompañados por problemas de aprendizaje lectivo, por lo que se hacen más significativos aún cuando nuestros niños pasan a primaria. El incremento de exigencias, tanto en el nivel académico (aprender a sumar, escribir, leer, etc.) como motor (educación física, natación, judo, psicomotricidad, etc.), el cambio de entorno (cambio de colegio, o de patio) y la obligación de ser autónomo para vestirse y desvestirse, por ejemplo, ponen al descubierto a un/a niñ@ poco madur@ para su edad.

Contrariamente a lo que se pueda pensar leyendo esta exposición, generalmente estos niños tienen un cociente intelectual normal e incluso alto, pero su desempeño de las actividades y ocupaciones normales como niñ@ (colegio, juego y autocuidados) es deficitario.

¿Por qué nuestros niños no llegan a manejar adecuadamente las habilidades esperadas para su edad?

Los niños aprenden a través del juego y la experimentación, el ensayo y el fallo, las sensaciones internas y externas, y sus relaciones con los demás. Todas estas acciones tienen un factor común: el niño está continuamente rodeado de estímulos, y su sistema nervioso central (cerebro) va madurando en función de los mismos.

La Dra. Jean Ayres (terapeuta ocupacional estadounidense) consiguió relacionar la manera de integrar los estímulos con las pautas de comportamiento y la adquisición de aprendizajes (Ayres, 1972, 1979, 1985). Siguiendo su extensa y desarrollada teoría, a los problemas para organizar y procesar correctamente los estímulos que recibimos los llamamos dificultades o disfunciones de integración sensorial. Éstas se relacionan con un mal funcionamiento neurológico (y no con una lesión neurológica), que se expresa en forma de inmadurez del sistema nervioso y de problemas funcionales en el día a día: dificultades en el aprendizaje; torpeza motriz; retraso del lenguaje; problemas interpersonales; rechazo a texturas y alimentos, al contacto físico y a la ropa; dificultades para organizar sus movimientos o sus acciones; resistencia a actividades como el baño, cortarse las uñas; miedo excesivo al movimiento o poca conciencia de peligro, etcétera.
Todos estos síntomas corresponden a un mal procesamiento de la información sensorial (tanto la que recibimos del exterior, como la que percibimos del propio cuerpo). Dicha información procede de los siete sentidos: los cinco que todos conocemos (vista, oído, olfato, gusto y tacto) más dos importantísimos y normalmente obviados: el sistema vestibular y la propiocepción. En cuanto a esta última, el sistema propioceptivo se encarga de proporcionarnos información sobre la posición de las partes corporales en el espacio (sus receptores se encuentran en los músculos y las articulaciones). Este sentido nos permite, por ejemplo, andar alternando las piernas, coger un vaso con la fuerza adecuada y transportarlo de un lugar a otro, saber si estamos bien sentados, coger un lapicero sin apretar demasiado y escribir sin romper el papel, etc. Por otro lado, el sistema vestibular nos permite mantener el equilibrio, saber cuando cambiamos de dirección, percibir el movimiento y la posición de la cabeza respecto al resto del cuerpo. Gracias a este sentido podemos mantenernos encima de un columpio por mucho que éste se mueva, dar una voltereta, no marearnos en el coche, etcétera.

Todos los sentidos están interrelacionados, de manera que la información que reciben debe ser interpretada simultáneamente por el Sistema Nervioso Central para que éste dé una respuesta adecuada. Si todo funciona correctamente, aparece una “respuesta adaptativa”; por ejemplo, pintaremos una lámina sin salirnos, nos columpiaremos sin caernos, controlaremos la fuerza con la que acariciamos a alguien, nos pondremos la ropa sin que nos moleste, o nos subiremos a un tobogán sin que nos den miedo las alturas. Cuando no hay un buen funcionamiento del procesamiento sensorial, el cerebro se satura y no puede integrar toda la información que le está llegando por sus múltiples canales, lo que se traduce en problemas de aprendizaje y comportamiento como los que se han mencionado anteriormente.

Hay un profesional que trabaja directamente sobre estas dificultades

Los terapeutas ocupacionales especializados en pediatría trabajamos directamente sobre la adquisición de las destrezas y habilidades necesarias para lograr ese buen desempeño en el colegio, en casa, en el juego, en las relaciones interpersonales y en los diversos aprendizajes.

Trabajamos a través de sesiones individuales o grupales (en un entorno favorecedor y lleno de posibilidades), y ofreciendo pautas y recomendaciones a las familias, así como a los profesionales del centro docente. De esta manera conseguimos la tan anhelada independencia, a través del desarrollo de las habilidades motoras finas y gruesas, de la planificación y organización de sus acciones, de la autorregulación, la tolerancia a la frustración y la comprensión de normas, de las relaciones sociales, etcétera.

Partimos siempre de la motivación intrínseca del niñ@, y trabajamos con diferentes técnicas, entre ellas: Terapia de Integración Sensorial, Psicomotricidad, Terapia de juego, Terapia de Neurodesarrollo, y Actividades terapéuticas con propósito. De esta manera conseguiremos que su sistema nervioso madure y logre alcanzar su máximo potencial.

Si leyendo este artículo usted ha visto reflejadas las dificultades de su hij@, no dude en buscar la opinión profesional de un terapeuta ocupacional especializado en pediatría y desarrollo infantil; éste realizará una valoración de aquéllas e intentará buscarles solución. Debemos pensar que estamos ante un problema de inmadurez, y que puede tener solución si buscamos el apoyo necesario. Proporcionándole a nuestro hij@ la posibilidad de desarrollar sus habilidades conseguiremos que mejore en el desempeño de sus ocupaciones, que aumenten sus ganas de aprender, que logre la máxima autonomía, que disminuyan los comportamientos disruptivos y, en definitiva, mejorar su calidad de vida y su percepción de autoeficacia.

Sara Alcántara Juzgado.
Terapeuta Ocupacional. Certificación en I.S. nº  3605
Centro de Terapia Infantil Aytona
www.terapiainfantil.es e-mail:terapiainfantil@aytona.com 91.777.32.93


oct 10, 2012 | Category: Area de Papás y Mamás, Blog, Integración Sensorial | Comments: none



bottom